El peligroso oficio de cuestionar la sexualidad: una denuncia pública a la Policía cordobesa

“Ayer a las 5:31 a.m. un patrullero me detuvo a mí y a un chico con el que caminaba de la mano en la calle recorriendo el pueblo, lo distintivo era que éramos putos”.

 

Estaba caminando por el pueblo Justiniano Posse, provincia de Córdoba, con un pibe de la mano lo más tranquilo, pasa un patrullero y da la vuelta en “U”, se detiene, nos pide los datos a ambos, luego me acusa de porteño, que no respeto la autoridad. Parece que le molestó que no quisiera subir al patrullero de una y me dice «a ver, ponete ahí te voy a revisar por si tenés algo», me pone contra el patrullero y me revisa.

Al mismo tiempo el chico que me acompaña con cara de terror pide llamar por teléfono, le dice que le dé el teléfono, que se quede quieto, que no llame a nadie, asustado sube al patrullero. Subo luego de este chico, me suelta la mano, se la agarro más fuerte, vamos hacia la comisaria del pueblo, nos comunica el oficial que nos amenaza de llevarnos hasta Bell Ville (a 35 kilómetros) de no cooperar y seguir las instrucciones.

Luego en el lugar, elevó su hoja de papel, donde una pésima caligrafía indicaba mal nuestros nombres, peor nuestras direcciones (pidió las de nuestros domicilios actuales, y las de nuestras familias que nos alojaban en el pueblo, habíamos venido a pasar el fin de semana).

En la comisaría, el oficial nos separa a ambos, nos ubica en lugares distintos de la misma habitación de la comisaría, una policía detrás de un escritorio mira y dice «esto es un proceso de rutina», instiga datos personales, pide direcciones, referencias, dice que es «porque no somos del pueblo», termina diciendo «dejalos ir». El policía que nos detuvo coercitivamente de facto y sin causa aparente ni justificada (tampoco se identificó ni mostró placa) la mira con rencor y nos deja libres.

Ahora pienso, ¿no habrá querido decir, “ustedes no son del pueblo, ustedes son putos”. Eso no es del pueblo, como los chicos con gorra, como las mujeres explotadas por las redes de trata, como las travas. Aquí está tu Argentina, el mejor lugar del mundo para ser puto.

Así nos detenía con completa impunidad la C.A.P., policía de José Manuel De la Sota. Éramos “sopechosxs” de haber cometido un delito, portar la libertad que ellxs intentan quitarnos, la de existir en la esfera pública, en las calles. Expresiones como esta son necesarias en el momento de entender la dimensión del proceso represivo que sufre toda la clase obrera, es que en el gobierno de los derechos humanos, la patotas, la policía, el mismo Estado y sus amigos son quienes mandan a la muerte y a la persecución al cuerpo extraño de sujetos que no busca ni desea, ni vive, ni piensa en los términos del sometimiento y la vergüenza de la exclusión sino que clama en la voz de un grito revolucionario. Grito que dice de verdad libertad, de verdad nunca más, nunca más gatillo fácil, nunca más travas muertas en las comisarías, nunca más tortura y muerte “por el bien de todos”, que lo personal se haga sangre y política.

Pero que tampoco se olvide, no escribo con una intención moral, no es este un testimonio que atestigua un simple maltrato policial, escribo porque esto “es” la policía, porque esta es la tierra fértil de la lucha contra la inseguridad de lxs que tienen, escribo porque cuando ayer a la mañana nos detuvo el patrullero, me anoticié en la propia carne que todavía se puede “chupar” pibxs y porque quien lo vivió conmigo me dijo que no le nombrara, me dijo que tenía que volver, yo también voy a volver a salir afuera y la represión no nos puede ganar. Ante este atropello a los derechos humanos, organización y lucha!. /laizquierdadiario

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