Qué pasa cuando el cerebro se desenamora

La neurociencia afirma que sucede lo mismo que cuando nos enamoramos, pero totalmente al revés. El órgano experimenta, en este caso, una drástica reducción de las sustancias químicas que incentivan el “amor ciego” y pasional.

 

Existe un viejo refrán que podría servirnos como disparador de este tema: “Así como llegó, se fue”. Podríamos emplearlo para referirnos a un “touch and go” (toco y me voy) o a una relación sexual/amorosa efímera, lo cierto es que refleja una situación fugaz y nos abre el camino para tratar de respondernos un interrogante bastante común y recurrente en la vida: ¿por qué a veces “el amor” se nos va de golpe?. Cuántas veces en nuestra vida nos preguntamos “¿cómo puede ser que habiendo estado tan enamorada/o, hoy no sienta nada?”. La realidad, es que para esto existen una explicación fisiológica y otra, psicológica.

Este tema ha sido muy estudiado en las últimas décadas por la neurociencia y la psicología, llegando ambas disciplinas a conclusiones parecidas. Cuando nos desenamoramos, el cerebro -principal órgano del cuerpo junto con el corazón-, experimenta una drástica reducción de las sustancias químicas que incentivan ese “amor ciego”, pasional e idealizado, típico de la etapa inicial de cualquier relación de pareja.

Los neurocientíficos aseguran que lo que sucede es lo mismo que cuando una persona se enamora, pero completamente al revés. Cuando uno rompe con una pareja, no hay lugar o circunstancia en la que no se involucre al ex. Eso desencadena una actividad en las neuronas del núcleo caudado y el área ventral, que son las mismas que responden a los efectos de las adicciones como, por ejemplo, la nicotina.

Esa zona del cerebro sigue esperando su dosis de dopamina que, al ya no obtenerla, entra en una etapa de abstinencia, la misma que lleva a las personas a actuar impulsivamente y, muchas veces, a hacer cosas de las que luego se arrepienten, como llamar a un ex un día de soledad a cualquier hora de la madrugada.

Al respecto, Lucy Brown, una neurocientífica de la Universidad de Medicina Einstein en New York (Estados Unidos), explicó que “el rompimiento del romance es más extremo que cualquier otra forma de rechazo social, pues ese estímulo va ligado a la parte más primitiva del cerebro”.

Sin dudas, desenamorarse es el resultado de una acción cerebral. No quiere decir que las personas dejen de querer de un momento para el otro. Como explicamos anteriormente, lo que sucede es que este órgano experimenta una drástica reducción de las sustancias químicas que incentivan ese amor ciego o pasional e inhiben el juicio crítico relacionado con las emociones negativas. Cuando finalmente se está ante un panorama claro, real y sensato, los “desenamorados” se enfrentan a dos opciones: terminar la relación o luchar juntos por construir un amor verdadero.

Para entender las causas de ese desencanto hay que comprender primero qué pasa por la cabeza de un enamorado, pues en ambas situaciones es el cerebro el que decide. “El enamoramiento es un estado casi demencial”, aseguró Georgina Montemayor, investigadora de la Universidad Autónoma de México (UNAM), especialista en lo que se conoce en ciencia como “el cerebro enamorado”.

A lo que se refiere es que, cuando las personas se enamoran, se activa la dopamina (hormona relacionada con la felicidad y el placer) que impregna el cerebro y “llena al individuo de una deliciosa sensación de amor, bienestar y obsesión por el otro, relacionada con una intensa atracción y actividad sexual”.

En ese estado -advirtió-, también se bloquea el funcionamiento de la corteza cerebral, que es la más evolucionada que tiene el ser humano y responsable del razonamiento.

Varios estudios científicos han establecido que, cuando una persona está enamorada, pasa el 85% de su tiempo pensando en el otro. La dopamina acelera las frecuencias cardíacas y respiratorias y es, en pocas palabras, la responsable de las llamadas “mariposas en el estómago”. Sin embargo, el enamoramiento no es eterno como sí puede ser el amor.

En relación a eso, la especialista explicó que esa sensación “puede durar entre uno y cuatro años. No más. Y cuando se acaba ese `amor loco´, el cerebro humano vuelve a activarse de manera tan potente como en el estado de enamoramiento, ya sea por abstinencia de “lo que fue” o por el duelo de la ruptura, pero a la inversa. Nos damos cuenta de que esa no es la persona con la que queremos compartir el resto de la vida, por ejemplo. Empezamos a ver esos defectos que (por estar enamorados), “no veíamos o no queríamos reconocer”, explicó.

Por su parte, el neurólogo Leonardo Palacios, decano de la facultad de Medicina de la Universidad del Rosario y experto en la neurobiología del amor, sostuvo: “El desencantamiento ocurre cuando el cerebro hace que la dopamina baje de manera brutal. Entonces, aterriza, vuelve a la realidad y hace que la persona sienta que el amor ha desaparecido”. Y añadió: “En ese punto, la persona debe pensar -ahora sí con la cabeza fría-, si sigue o no con su relación. Si la decepción es tan fuerte y las diferencias son innegociables, no hay vuelta atrás. Pero si se decide dar un paso adelante -para construir una relación sólida-, es necesario comprender que el otro es la persona con la que queremos construir un proyecto de vida en común: un hogar”.

La sexóloga Viviana Wapñarsky (M.N. 24433), que dio su punto de vista sobre el desenamoramiento, más allá de la perspectiva de la neurobiología: “Si bien el cerebro es importantísimo, cada humano vive en un contexto particular, con una historia personal distinta, con experiencias vividas y un tipo de familia diferente al de otro. El cerebro no actúa solo y simplemente se libera dopamina. Para enamorarse o desenamorarse, actúan un montón de factores, además de lo cerebral. Cuando una persona conoce a otra, se habla de enamoramiento, pero la realidad es que no se puede vivir siempre en ese estado. Cuando estamos enamorados, se produce lo que se dice `borrachera química´, es decir, cuando no se hace más que pensar en la otra persona y nos cuesta estudiar, trabajar, etcétera”.

Para finalizar, concluyó: “Luego de esa etapa de enamoramiento, se pasa a otra fase que es más estable, donde entran a jugar otros componentes que tienen que ver con la estabilidad, la confianza y los defectos. Al principio, se suele idealizar al otro pero, luego, uno empieza a ver lo que le gusta y lo que no de su pareja e intenta buscar un equilibrio. Por circunstancias personales y de la vida de cada persona, puede pasar que uno se vaya alejando del otro. Aún así, existen estrategias para luchar por la relación e intentar recomponer esa sensación de enamoramiento. Uno puede desenamorarse y volver a enamorarse. Otra cosa que sucede es que la expectativa de vida creció y lo que antes era `amor para toda la vida´, implicaban quizás 20 años de pareja, por citar un ejemplo. Hoy, en cambio, serían muchos años más. Uno puede enamorarse y desenamorarse muchas veces en la vida”.

La psicopedagoga y Máster en Neuropsicología clínica, Mariela Caputo, le explicó por su parte que “el amor no cae abruptamente ni desaparece de un día para el otro, aún estando frente a una decepción o frustración importante”. En ese sentido, añadió: “El amor, a diferencia del enamoramiento, no se va de manera repentina. Si eso sucediera, es porque quizá nunca existió el amor como tal. Para el cerebro, el amor no es solamente la sensación de excitación ni felicidad absoluta al punto de quedar obnubilado por la otra persona -como puede pasar al principio de una relación-, sino que tiene mucho que ver con la seguridad que me genera el estar con el otro. Con el paso del tiempo, esas hormonas activadas por el enamoramiento pueden disminuir y hacer que nos demos cuenta que eso que se daba en un principio tan efusivamente, no termina de generarse después de la misma manera. Las ganas de ver al otro, por ejemplo, disminuyen con el paso del tiempo y la energía que antes canalizábamos sólo en la pareja, la empezamos a volcar en otras cosas o proyectos. No por eso, necesariamente, dejamos de amar a una persona. Uno puede amar sin tener esa necesidad desesperante de estar o pensar siempre en el otro”.

Por último, y en lo que refiere a la mirada neurocientífica del asunto, comentó que los humanos tenemos un sistema límbico en nuestro cerebro que nos ayuda a protegernos del peligro y las amenazas. “El cerebro emocional se maneja con una estabilidad que hace que podamos seguir viviendo en lo cotidiano regulando nuestras emociones. Esa parte del cerebro nos protege y nos ayuda a enfrentar los miedos y frustraciones. Pero cuando la decepción emocional es muy fuerte o inesperada -como puede ser una pérdida amorosa-, se pueden disparar algunas características individuales que hacen que ese sistema límbico se ponga en estado de alerta, llevando a la persona a desarrollar cuadros de ansiedad o alteración de la regulación de las emociones”, concluyó la especialista.

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